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Sobre la poesía

Por: Raúl Vallejo

Texto leído durante el II Festival de la Lira, Cuenca, el martes 10 noviembre de 2009.
Me parece una situación antipoética esto de tener que escribir sobre la poesía. Quiero decir, esto de encontrar definiciones más o menos aceptables para ustedes, que son un público inteligente y que toma la poesía en serio, sobre un quehacer que esencialmente rehúye a las definiciones, a los encapsulamientos en frases para ser subrayadas o reproducidas en algún exergo, y cuyos conceptos posibles radican en la escritura misma de poesía y, por tanto, en la infinitas posibilidades de cada poeta. Prefiero, como nos legó Alejandra Pizarnik, cantar: "Ahora / la muchacha haya la máscara del infinito / y rompe el muro de la poesía."

La famosa rima XXI de Gustavo Adolfo Bécquer —que tan buen resultado ha dado a los enamorados que aún estiman el valor de la palabra— sitúa la belleza en el objeto poético "¿Qué es poesía? —dices mientras clavas / en mi pupila tu pupila azul. // ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? / Poesía… eres tú." Con el traslado de la belleza poética del poema al objeto que la inspira es la palabra la que está embelleciendo dicho objeto más allá de su condición real porque si para el espíritu humano fuera suficiente la emoción provocada por la belleza intrínseca de dicho objeto, entonces, ya no tendría sentido la palabra poética que lo asume. Heredero de la tradición del romanticismo de Bécquer, Juan Ramón Jiménez empieza a indagar la esencia misma de la belleza anclada en el espíritu del objeto, cuyo camino propio debe llevar a la desnudez de la poesía, con este díptico de 1918: "¡No la toques ya más / que así es la rosa!"

Por eso me gusta tanto la "Poética", de José María Álvarez, que leí en esa antología ya olvidada que preparó en 1970 José María Castellet y de título que hoy resulta anacrónico Nueve novísimos. En su "Poética", escribe: "Me acuerdo de aquella noche en que tocaba Johnny Hodges. Y un curioso le preguntó que cómo tocaba. Entonces Johnny se quedó mirando, cogió el saxo, y empezando JUST A MEMORY, dijo: Esto se toca así." Si fuéramos tan radicales como decimos que somos dejaríamos de hablar sobre cómo sucede la escritura de poesía y pasaríamos a leer poesía. Siento que no tenemos los arrestos de Johnny Hodges para agarrar nuestros textos poéticos y ponernos a leer en voz alta aquello que se nos pide que definamos en su proceso de escritura. Pero, después de lo dicho, debo hacer una precisión: he utilizado el "nosotros" tal vez por acudir a la complicidad de quienes hemos sido convocados para presentar y presenciar estas reflexiones sobre la poesía y también para evitar el uso de un "yo" excesivamente pedante. Y, sin embargo, sin llamados a la complicidad ni expresiones de pedantería, debo aclarar que únicamente puedo hablar, de estos y otros asuntos, en el límite que me impone la palabra desde mí mismo y el riesgo permanente de repetirme.

No deja de asombrarme la vocación de ciertos escritores para construir una imagen personal que hace de la vida que ellos viven una especie de metáfora en permanente construcción. Me asombra porque aquello convierte a la vida en una cotidianidad sin espacios domésticos, sin elementos que carecen de historia y porque el pacto de verosimilitud que proponen consiste en decirnos, sin ruborizarse, que particularmente su vida es poesía. Sólo que para que el vitalismo sea una aventura de la que bebe el lenguaje, se necesita escribir como Fernando Pessoa: "Si, después que yo muera, se quisiera escribir mi biografía, / nada sería más simple. / Exactamente poseo dos fechas —la de mi nacimiento y la de muerte. / Entre una y otra todos los días me pertenecen. / Soy fácil de describir. / He vivido como un loco." A lo mejor mi asombro es pura envidia ya que me he dedicado a otras tareas además de la escritura de literatura aunque he dicho siempre que soy un escritor que está, por lo que me toca en los días presentes, de ministro como antes estuve de cobrador de deudas impagables, locutor de radio, DJ de fin de semana, presentador de un efímero programa de TV, inspector de colegio fiscal, reportero freelance de revista para mujeres, archivador de hemeroteca, profesor de castellano y de literatura, etc.

Sin embargo, debo admitir que Juan Ramón Jiménez, por ejemplo, concibió a la poesía como apasionamiento vital en sacrificio de la vida misma. Claro que para la historia de la literatura importa poco el infierno doméstico en el que vive un poeta, pero en el caso de JJR éste cambió la doméstica paz hogareña por la turbulencia de espíritu que implicaba el encuentro con la radicalidad vital de los versos, "¡Oh pasión de mi vida, poesía / desnuda, mía para siempre!" Sabemos que la mayor parte de cuanto escribió y enseñó tuvo relación con la radicalización estética de aquella metáfora que fue desde la rosa vestida hasta el alma desnuda y que en esa escritura se le fue no solamente la imposibilidad de asumir lo doméstico sino el contacto con la realidad, según el testimonio que nos dejó en sus diarios Zenobia Camprubí, la mujer que lo fue todo en la vida del poeta.
Pero es necesario convertir una hipotética situación antipoética como esta en la que nos encontramos en un espacio para la pervivencia de la poesía. Tal como lo hizo Nicanor Parra: "Los resplandores de la poesía / deben llegar a todos por igual. / La poesía alcanza para todos." Lo que digo, en cualquier caso, solo pretende ser una personal y, por tanto, una muy parcial y limitada percepción de lo que es el quehacer poético. Y, en realidad, debería decir, de lo que es para mí, poeta muy menor de la antología, mi propio quehacer poético y mis también restringidas lecturas de los poetas mayores con la que he podido iluminar estas opacas palabras mías. Querría una situación de espíritu, como en el soneto "Spinoza", de Borges: "No lo turba la fama, ese reflejo / de sueños en el sueño de otro espejo, / ni el temeroso amor de las doncellas. // Libre de la metáfora y del mito / labra un ardua cristal: el infinito / mapa de Aquél que es todas Sus estrellas."

La poesía requiere de un espacio de silencio, una mirada hacia adentro y un proceso de reelaboración del lenguaje. Y ese silencio es, a su vez, una confrontación con el abismo no sólo del alma humana, en general, sino, en particular, del alma propia: es una confrontación que nos envuelve y nos arroja desnudos ante la desnudez del espíritu. Recuerdo la honda resonancia frente al abismo de la desnudez del espíritu humano que emerge desgarrada del soneto de Miguel Hernández, "Umbrío por la pena, casi bruno", cuyos terceros dicen: "Cardos y penas llevo por corona, / cardos y penas siembran sus leopardos / y no me dejan bueno hueso alguno. // No podrá con la pena mi persona / rodeada de penas y de cardos: / ¡cuánto penar para morirse uno!" Tal vez por eso la gente tiene cierto temor a la lectura de poesía: nadie quiere confrontar consigo mismo porque aquello nos convierte en huérfanos y en transeúntes: de alguna manera, todas nuestras seguridades quedan en entredicho.

Y, además, la poesía implica la elaboración de un lenguaje cuyo objetivo es la ruptura de la convención comunicacional. El lenguaje de la poesía, atravesado por la metáfora y la metonimia, no es una construcción realizada para la transmisión de mensajes directos, eso es una tarea del periodismo; el lenguaje poético es, en un sentido general, la explosión de una imagen que sugiere significados que transgreden las definiciones de diccionario, el florecimiento de una palabra que lleva en sí, agazapados, sentidos múltiples y nuevos, la revelación que emana del espíritu del lector en orgiástica simultaneidad con la omnipresencia de la voz poética.

De ahí que los medios de comunicación, y particularmente la televisión, sean reacios a hablar de la poesía. Su negocio se asienta sobre la corrupción del lenguaje y la exaltación de lo banal, sobre esa capacidad para entregarle a cada protagonista, escogido de manera aleatoria, su cuarto de hora de fama, sobre esa habilidad para reproducirse y repetirse a sí mismos creando mundos para la chismografía sobre los famosillos locales. Y como, por supuesto, la poesía implica la construcción permanente de un lenguaje metafórico y de la invención y, al mismo tiempo, la poesía no es un espectáculo mediático sino una manera íntima de acercarse al espíritu a través de la palabra, la poesía no tiene cabida en la propuesta de felicidad mediática con la que la humanidad yace obnubilada.

Más que ninguna otra, la lectura de poesía requiere de un momento especial. Si el poeta se ha mirado para adentro, el lector debe hacer lo mismo: olvidarse del mundo que lo rodea, concentrarse en la repercusión del lenguaje, saborear la profundidad de la imagen, asumir la metáfora como la realidad de la palabra. Esta lectura es lenta e íntima a contracorriente de un mundo que todo lo devora con la omnipresencia del mercado, de una dictadura mediática que nos ha hecho creer que la realidad es un reportaje de 30 segundos en donde supuestamente cabe una vida en la televisión o, en un periódico, el titular escandaloso de una noticia con el que pretenden enganchar al lector aun, en muchos casos, faltando a la verdad de la noticia que ellos mismos publican.

Pero dado que el pedido de este encuentro es hablar también desde la experiencia personal, dejaré a un lado el hilo de reflexión desenredado hasta este momento y pasaré a las confesiones de este aprendiz de brujo. Recuerdo que en 1995, mientras estudiaba mi maestría en literatura hispanoamericana en la Universidad de Maryland, situada en College Park, tomé un curso de poesía española del siglo 20. Quedé profundamente deslumbrado –ya tras una lectura adulta, animada por lecturas acumuladas y con toda la formación que llevaba a cuestas–, con el Juan Ramón Jiménez de Animal de fondo; con el García Lora de Poeta en Nueva York, con el Miguel Hernández de El rayo que no cesa; con el Guillén de Cántico; con el Cernuda de Donde habite el olvido. Y, de pronto, en medio de ese deslumbramiento, de esa conmoción de mi espíritu, me encontré con la urgencia afectiva de la escritura de poesía, con la necesidad personal de la palabra poética.

Fue el empuje que necesitaba para plantearme la escritura de una propuesta poética de forma orgánica; es decir, un libro que gire alrededor de un elemento que le de coherencia estética y ética. Esto, obviamente, no es garantía de nada. José Emilio Pacheco, un poeta que admiro, tiene un poema al respecto que plantea todo lo contrario al camino escogido por mí: "La poesía que busco / es como un diario / en donde no hay proyecto ni medida." En todo caso, en mi primer poemario publicado el eros atraviesa su poética. En Cánticos para Oriana (2003) propongo una celebración del amor, del deseo, de los cuerpos. Esa celebración, ese ritual, se da desde la constatación de que la eternidad del amor sólo es posible en la fulgurante fiesta del instante. Y, además, en la asunción de una condición existencial del ser humano: la posesión total del ser amado, como anhelo permanente del ser amante, es, desde mi particular perspectiva, imposible. Oriana no es "la mujer". Oriana es "una mujer". Oriana es la mujer que Constantino, el hombre, ama. Tiene su origen en el ser amado por el que partió hacia el mundo el caballero Amadís de Gaula. Sólo que ahora, invirtiendo el símbolo, es el ser transeúnte que deja su huella indeleble en el costado de un hombre que espera, que reconoce la condición efímera de la entrega: "¡Eres en mi ser, Oriana, / el sentido del vacío que lo complementa!" En definitiva, en Cánticos para Oriana propongo una poética de la realización plena de la carne, que se sabe perentoria pero también intensa.

Después vino Crónica del mestizo (2007). Hace algunos años, en una conversación con Alejandro Moreano, él me hizo notar el hecho de que los levantamientos indígenas de los 90 en el país no habían suscitado una obra significativa en la literatura—no digamos una producción literaria como, por ejemplo, sucedió con el indigenismo de los 30. La conclusión a la que llegamos, en ese momento, fue que los escritores de hoy estaban tan ajenos a la realidad del país, tan ensimismados en la moda del apoliticismo, que la historia pasaba por su lado sin que la tomaran en cuenta.

Después, dándole vuelta a las inteligentes reflexiones con las que Alejandro profundizó el tema, me dije a mí mismo que, en combinación con lo dicho, los actores históricos con su presencia y con su poderosa voz política habían desplazado de la escena pública la voz del poeta que, en los sesenta y parte de los setenta, se consideraba a sí mismo como el que hablaba a nombre de los desposeídos. Entonces decidí escribir sobre el tema de los levantamientos pero también sobre los límites que tiene la representación del Otro por parte del yo poético.

Crónica del mestizo es un poema largo, compuesto por once estancias, en el que el yo poético, a la manera de un cronista colonial, va recorriendo algunos levantamientos indígenas a lo largo de nuestra historia y tomando conciencia de que el poeta ya no es más "la voz de los que no tienen voz" sino, apenas, voz de su propia soledad, puesto que aquellos que, aparentemente "no tienen voz", han hablado, con voz propia, a través de sus actos. Al mismo tiempo, el yo poético se interroga acerca del sentido moral que tiene su testimonio en la medida en que habla de sucesos de los que ha estado ajeno, de dolores que no ha sufrido, de luchas políticas en las que no ha participado. El yo poético toma consciencia de sus límites: ya no puede hablar en representación de nadie más que de sí mismo.

Una novedad, con todo el respeto, la admiración y el reconocimiento de la grandeza poética de Neruda, tal vez podría ser el cambio de perspectiva de aquello que heredamos de la voz poética solidaria y comprometida con la que él construye su Canto general y también de la llamada "poesía comprometida" de los sesenta: "Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta", dice uno de los últimos versos de "Alturas de Macchu Picchu" y concluye: "Dadme el silencio, el agua, la esperanza. / Dadme la lucha, el hierro, los volcanes. / Apegadme los cuerpos como imanes. / Acudid a mis venas y a mi boca. / Hablad por mis palabras y mi sangre." Desde mi punto de vista, los levantamientos indígenas hablan por sí solos, no son voces de muertos sino el grito perenne de una lucha que sobrevive los silencios de la "historia oficial". Al situarnos en el leit motiv radical del poema, "si se calla el cantor" no pasa nada: la historia sigue, la lucha continúa; los desposeídos de todas las épocas no requieren del poeta para ser, aunque cierta poesía sí requiera de los actores de la historia para existir. De hecho, mi propia Crónica del mestizo no habría existido sin los hechos históricos que testimonia. Por eso, el hablante lírico dice: "Y todo lo visto / lo estoy cantando con voz prestada."

En el poema cito breves textos de crónicas, manifiestos y los versos de la primera estrofa del "Atahualpa huañuni" ("Elegía a la muerte de Atahualpa"), atribuido a un cacique de Alangasí, y que Juan León Mera señala como el poema fundacional de la lírica ecuatoriana. Estos versos los cito para evidenciar la distancia cultural del hablante lírico con respecto de los seres sobre los que intenta construir un poema puesto que ni siquiera conoce su lengua. Imito el lenguaje de las crónicas, con cierta tonalidad épica, para dar testimonio de la historia y, a su vez, cuando el yo poético se interroga acerca del valor de su presencia en los sucesos de los que da fe, el lenguaje adquiere un tono intimista y dubitativo: el poema se abre y se cierra con este tono pues quise acentuar la actitud lírica del yo poético: "Soy lo único que puedo ser y sin traiciones / y hasta de eso dudo pero en ello persisto necio / Voz de mi voz y mi personal profundidad de soledades / y nada más que este pobre palabreo mío."

Y, finalmente, desde una perspectiva orgánica como lo he hecho con todos mis libros, en Missa solemnis (2008) me propuse la escritura de un poemario concebido como un concierto de música sacra. En su eje siempre estuvieron la Missa solemnis en Re mayor, opus 123, de Ludwig van Beethoven y el Stabat Mater de Vivaldi. Siempre he pensado que la música es el arte por excelencia en la medida en que en ella el significado y el significante constituyen un solo e indivisible momento estético. Desde mi particular escucha y apreciación, siento que la música sacra une a esta condición ese sentido de trascendencia que no tiene que ver, necesariamente, con la creencia en Dios sino con lo que podríamos llamar "la persistencia del espíritu frente al vacío". Un caso de plegaria sin respuesta y, al mismo tiempo, de clamor profético ante Dios es esta estrofa del conocido poema "La canción de la vida profunda", de Porfirio Barba Jacob, en la que el dolor humano se vuelve tan intenso e inmensurable que la existencia misma de la divinidad se torna estéril pero necesaria para un consuelo que, de todas formas, no llegará: "Y hay días que somos tan lúgubres, tan lúgubres, / como en las noches lúgubres el llanto del pinar. / El alma gime entonces bajo el dolor del mundo, / y acaso ni Dios mismo nos puede consolar." Más allá de que el poema es de carácter más bien profano, como ustedes ven, los dos últimos versos nos hablan de esa permanencia del espíritu frente al horror del mundo.

Desde la anécdota puedo contar lo que ya he dicho en múltiples ocasiones. El poemario fue concebido como un homenaje a mi madre fallecida en el 2004. No quise escribir un Réquiem pues la idea predominante era la del hombre que transita la vida, sediento de Dios. Las mayores dificultades que enfrenté fueron la de tener que hablar de Dios en un mundo básicamente descreído y la de caminar desde la teología a la poesía sin utilizar los tópicos del catecismo católico, la irreverencia o el anticlericalismo de los que están inundados, por lo menos en nuestra tradición literaria, la mayoría de los textos que topan el tema religioso o místico.

Quise que Missa solemnis sea un poemario que desarrollara la emoción estética de la poesía como si fuera el camino místico del mundo laico de hoy. Estoy seguro de que las palabras del escritor mexicano Jorge Aguilar Mora, quien el año 2007 estuvo en nuestro país como jurado de la I Bienal Internacional de Poesía de Cuenca, en el prefacio del poemario, observan aquella idea de mejor manera: «Para el creyente, las palabras de Missa solemnis recuperan el poder que Cristo les dio a los hombres en el momento de escuchar el silencio del Padre y de decidir que su sacrificio debía continuar. Para los no creyentes, las palabras de Raúl Vallejo son la expresión desgarradora de una condición trágica; son la sangre que corre en las venas trágicas de la creación: ¿cómo podemos crear tanta belleza y que tanta belleza sea tan frágil, tan efímera, tan eterna y perecedera?»
Finalmente, es bueno entender que la poesía es una fiesta. Y cada fiesta tiene su propia música. La seriedad, me parece, tiene que ver con la manera cómo uno asume la escritura, no sólo de poesía sino de todo tipo de texto estético. En la escritura hay que buscar, como decía el cubanísimo Lezama Lima, la dificultad. Con ello no quiero decir que hay que volverse críptico; me parece que se trata de buscar esa forma poética en la que lo contextual sea olvidado y en su lugar permanezca sólo el hálito de la palabra poética. La poesía es esa utopía que no ofrece nada más que la contemplación del ser humano en el espejo de su propia finitud.

Quito, noviembre 9, 2009

En el II Festival de la Lira

Raúl Vallejo participó, como poeta invitado, en el II Certamen de Poesía Hispanoamericana "Festival de la Lira", en Cuenca, Ecuador, en la mañana del martes 10 de noviembre de 2009. En la mesa estuvo junto a la poeta cubana Soleida Ríos y la académica cuencana Jackeline Verdugo, que actuó como moderadora.

En Festival participaron los poetas Mario Bojórquez (mexicano), Antonio Correa Losada (colombo – ecuatoriano), Eduardo Espina (uruguayo), Mauricio Medo (peruano), Raúl Zurita (chileno); y los ecuatorianos Efraín Jara Idrovo, César Eduardo Carrión, César Molina Martínez, Ana Minga, Vicente Robalino, y Galo Alfredo Torres.
El jurado del certamen estuvo conformado por José Kozer (cubano –norteamericano), María Baranda (mexicana), Roberto Echavarren (uruguayo), Tamara Kamenszain (argentina) y el poeta ecuatoriano Alexis Naranjo, triunfador del primer certamen. El jurado declaró ganador al poemario Las cuatro estaciones, del argentino Arturo Carrera, quien se hizo acreedor a la Lira de Oro y un premio en efectivo de US$ 30.000.

Vallejo participó con la lectura de su texto "Sobre la poesía". Entre otros puntos dijo que "La poesía requiere de un espacio de silencio, una mirada hacia adentro y un proceso de reelaboración del lenguaje." Finalizó su ensayo señalando que "La poesía es esa utopía que no ofrece nada más que la contemplación del ser humano en el espejo de su propia finitud."

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